Anorexia y Bulimia

 

El tema de la anorexia ha dejado de ser un problema meramente estético en las mujeres adolescentes, para transformarse en una conflictiva situación por la que atraviesa una parte de esta población que padece dicha enfermedad. Para ir introduciéndonos en esta problemática vamos a definir a la anorexia como una enfermedad caracterizada por la disminución del apetito, que de acuerdo a la causa y el grado de compromiso, produce un adelgazamiento con repercusión en el estado general de salud. Es frecuente observarlo en mujeres adolescentes en donde lo que se ve es la imposibilidad de controlar el deseo de comer, se devora la comida y luego se produce el vómito.
Si partimos de la idea que al alimento, en la simbología, se lo asocia con la madre tierra, se podría trazar la hipótesis que el paciente anoréxico, de alguna manera rechaza a la madre que sería la representación del alimento y siguiendo esta cadena asociativa, se podría pensar que rechaza algo de lo femenino que surge de su mundo imaginario.
En los pacientes que me tocó atender advertí algo singular: no es que no tengan ningún deseo, sino por el contrario, parecería que su deseo estaría orientado hacia la nada, o sea tienen deseo de nada. Creo que esto directamente tiene que ver con la relación establecida pretéritamente con la madre.
Cuando pienso en el deseo de nada, tal vez sea la manera de dar testimonio del sufrimiento psíquico.
Decía la célebre psicoanalista francesa Francoise Dolto, que las palabras, para cobrar sentido, ante todo deben tomar cuerpo, ser al menos metabolizadas en una imagen del cuerpo relacional; entonces, como dice Marcelo Hekier en su libro “Anorexia y Bulimia”,  los pacientes con anorexia y bulimia evitan metabolizar no sólo los alimentos sino las palabras.
También este autor, cuando se refiere a la etimología de “adicto”, dice que significa esclavo y también significa lo no dicho y tal vez estas dos acepciones son válidas, porque se transforma en esclavo de lo no dicho. Liliana Szapiro el 24 de febrero de 2000, en Página 12, publicó un artículo acerca de las consultas de pacientes anoréxicas, en donde las madres de estos sujetos estaban atravesando un duelo en el momento de la concepción o en algunos casos, muertes traumáticas previas al nacimiento del sujeto.
Marisa concurrió por primera vez a la consulta en agosto de 1994 a la edad de 17 años acompañada por sus padres. Derivada por su médico clínico, sin la aprobación del neurólogo que la tenía medicada con Litio.
En la primera entrevista que mantengo les comento que yo estaría de acuerdo en tratarla pero le sugiero que dejara de tomar el Litio. No hubo oposición de la paciente, pero sí por parte de los padres, quienes se retiraron del consultorio como si estuvieran enojados. Sin embargo, aceptaron que su hija continuara el tratamiento.
Marisa era una adolescente tímida, retraída, de hermosos cabellos oscuros, de una mirada suave, con un carácter que revelaba muchos enojos, presentaba una marcada inseguridad y falta de confianza en si misma, lloraba por todo y de todo, por cosas tristes, por cosas que la hacían gozar, era muy asustadiza, presentaba una marcada ansiedad por el futuro, y argumentaba que no era celosa pero yo sospechaba que no sólo lo era, sino que además era muy posesiva. Era muy difícil que expresara lo que sentía y durante la consulta, cuando la invitaba a hablar de sus sentimientos, cambiaba de conversación o se callaba. Se hacía muy difícil, en la primera época del tratamiento, que mencionara  su trastorno alimenticio, pero a medida que avanzó el mismo, estas dificultades y resistencias a hablar de su compulsión fueron cediendo, junto con los síntomas de esa voracidad que presentaba al comer y la manera secreta en la cual se iba al baño para introducirse los dedos en la boca y provocarse el vómito. Sabía que para tener éxito con esta paciente el tratamiento no sólo debía estar enfocado sobre Marisa sino que tenía que incluir a los padres en el mismo, y además trabajar en equipo con un especialista en psicoterapia y una nutricionista. Durante dos años trabajé de esta manera y Marisa produjo un cambio tan radical en sus conductas adictivas como así también en las actitudes de vida.
El remedio que elegí para esta paciente se llama Anemona, el cual fue suministrado en diferentes dosis a lo largo de todo el tratamiento, y los síntomas que se tomaron en cuenta, desde su infancia, para su elección fueron: la timidez vergonzosa, la sensación de abandono que la acompañó desde la infancia, la posición boca abajo durante el sueño y la tristeza.
Hoy, nueve años después, la sigo viendo esporádicamente. La paciente se recibió de arquitecta, ejerce su profesión, está casada y tiene un hijo. Prosiguen hasta la actualidad, silenciados sus signos clínicos que fueron su motivo de consulta oportunamente.
De lo dicho hasta ahora podrá rescatarse esta idea de ese lugar ausente que ocupan estos pacientes, y que la homeopatía, con la comprensión Hahnemanniana del tema, lo que busca es mediante la ley de semejantes, enfrentar este espacio vacío del paciente, para transformarlo en un lugar sentido y con sentido, y creo que lo que más necesitan, es ese lugar con-sentido de ser concebido como un todo.

 

Dr. Sergio M. Rozenholc