Várices-Avaricia

 

Hace algunos años leí un libro maravilloso del colega francés Didier Grandgeorge  quien al referirse a las mujeres que sufrían de várices en las piernas, pensaba en la palabra francesa a-varicia. Este tema me llevó a reflexionar que estas dos palabras compartían la misma raíz y por lo tanto debían tener muchos elementos en común.
Esta idea durante algunos años quedó en letargo en mi  recuerdo, hasta que fueron llegando mujeres con este tipo de patologías y comencé a confirmar cierta similitud entre la enfermedad y la característica de personalidad. 
Recuerdo el caso de Clotilde,  una mujer soltera de 34 años, quien me consulta por una inflamación en la pierna derecha que le impedía la marcha y  que a su vez acompañaba un cuadro de patología varicosa con mucho dolor. La paciente que vive en Buenos Aires, llega a la consulta por recomendación de una amiga y durante la primera entrevista se la ve como una persona jovial pero tímida, y bastante reservada. Cuando veo que le cuesta contar su historia, apelo a una sugerencia en donde le pido que haga de cuenta que su mejor amiga me describe cómo es  ella. En ese momento percibo que logra aflojarse y cuenta que es celosa y hasta bastante posesiva.
“Doctor, mi relación con los hombres es todo un tema ya que  mis últimas parejas fueron hombres muy avaros y sobre todo el último, que era un personaje seco y cuando salíamos a cenar  a un restaurante, el costo de la adición la repartíamos a la romana, cada uno paga lo suyo. Le costaba todo, y luego de salir, al otro día parecía como si se olvidara de mí”
En ese momento le pregunto a Clotilde: “Y usted, ¿cómo se maneja con el dinero?”.  Ella me contesta: “Mire doctor, soy de cuidarlo mucho, me cuesta bastante ganarlo y prefiero guardarlo ya que como usted sabe doctor, uno nunca  sabe cuando lo va a necesitar”.
Cuando le pido a la paciente que me relate acerca de la relación con sus padres, me dice que el padre siempre fue distante con ella como si hubiera un tipo de bloqueo en la relación con ambos y la madre, si bien el tema se manejaba mejor, era poco compinche con ella. “Hay antecedentes familiares en el tema várices, ya que mi madre y mi abuela tuvieron los mismos inconvenientes de mala circulación”. Hija única de padres bastantes mayores cuando la tuvieron, relata que a lo largo de su vida tuvo mucha tristeza que se acentuaba antes de la menstruación, situación que compartía con las mismas características con la constipación.
Entre los antecedentes clínicos presentaba infecciones urinarias a repetición y un dolor a nivel gástrico que se agravaba con la ingestión de bebidas alcohólicas. Manifiesta tener un miedo muy profundo a los fantasmas de toda la vida.
Tiene un sueño recurrente desde la más tierna infancia y es que mientras va caminado por los parques con un globo inflado con gas, que le había regalado el padre, comienza a acelerar su paso hasta que en un momento dado remonta vuelo y ve toda la ciudad desde arriba.
Luego de la segunda entrevista observo en la paciente un aire altanero y con una mirada de desconfianza,  que da cuenta de un fondo de falta de confianza en sí misma que se trasluce cuando me pregunta a qué apunta el tratamiento homeopático y un pedido permanente de explicaciones.
Cuando le pido que me hable de las relaciones con sus amistades, también manifiesta  celos y  falta de confianza en sí misma,  y se observa que siempre termina rompiendo estas relaciones con amigos.
Cada vez que tengo un paciente, trato de interrogar al síntoma motivo de la consulta y me pregunté en este caso, de qué hablaban las varices dolorosas en una mujer joven.  Me puse a pensar en la fisiopatología de la enfermedad y observaba que había una falla  en el retorno venoso, de su pierna y en ese momento  lo relacioné con ese afecto que no dejaba circular y que trataba todo el tiempo de retener. Pensaba que la pierna, que es la que nos permite ir por este mundo, caminando en busca de nuestro destino, inclusive el amoroso, era en Clotilde lo que denunciaba esta historia y que parecía tener un componente hereditario, la que la obligaba a retener todo con lo cual no hay retorno posible.

Resultaba evidente en la elección de hombres que tenían la misma imposibilidad que ella, la de brindar el afecto para que pudiera retornar.
Le receté a la paciente Muscus terrestres, que se lo conoce como el azufre vegetal, musgo que crece en terrenos pedregosos y que forma un polvo amarillo fácilmente inflamable. Durante más de un año y medio de tratamiento con diferentes potencias, esta sustancia le permitió a Clotilde mejorar totalmente su dolor y producir un cambio de vida importante ya que logró transformar su historia heredada de varias generaciones. En la actualidad, se casó, tiene un hijo y comenzó a estudiar otra carrera universitaria e inclusive está destinando parte de su tiempo libre a colaborar con comunidades de niños de escasos recursos.
El medicamento homeopático operó como un verdadero simillimun al permitirle a Clotilde recuperar su propia identidad y transformar sus padecimientos hereditarios en una vida plena, de libre circulación entre el dar y el recibir.
Hasta la próxima.

 

Dr. Sergio M. Rozenholc