Anorexia y bulimia

 

Florencia,  una joven de 25 años de edad, consultó en marzo de 1994 por derivación de su psicoanalista, por un cuadro de anorexia alternado con bulimia, que llevaba casi 3 años de evolución con períodos de remisión, que a mi juicio se debían al trabajo psicoterapéutico que realizaba, y otros donde se agudizaba su enfermedad. Otro problema que presentaba la paciente era su adicción al consumo de drogas entre las que se destacaba la marihuana y la cocaína.
Su historia clínica daba cuenta de que era la del medio de tres hermanas y que había nacido de parto natural.  Durante su infancia,  presentó las enfermedades comunes como varicela, paperas. En su primera consulta relataba que tenía problemas en el estudio, que durante su infancia se mostraba muy rebelde con sus padres y que si bien su deseo de tener éxito en la vida era una meta primordial,  le costaba mucho ponerla en marcha ya que presentaba muchas dudas en el momento de la elección.
Florencia tenía como modelo a un padre muy exitoso y orgulloso que ejercía un dominio importante sobre todos en la casa y ella particularmente lo vivía muy mal.
Era interesante ver lo amable que se la veía, con la necesidad constante de complacer a los demás. Ante la menor dificultad rompía en llantos, se mostraba insegura y tenía todo un mecanismo de defensa, muy eficiente,  para no sentir, ya que decía que las cuestiones emocionales le producían mucho dolor.  Entre sus temores aparecía el miedo a fallar, a llegar tarde a una reunión y a perder el barco de la vida.
Si partimos de la idea que al alimento, en la simbología, se lo asocia con la madre tierra, se podría trazar la hipótesis que el paciente anoréxico, de alguna manera rechaza a la madre que sería la representación del alimento y siguiendo esta cadena asociativa, se podría pensar que rechaza algo de lo femenino que surge de su mundo imaginario.
En los pacientes que me tocó atender advertí algo singular: no es que no tengan ningún deseo, sino por el contrario, parecería que su deseo estaría orientado hacia la nada, o sea tienen deseo de nada. Creo que esto directamente tiene que ver con la relación establecida pretéritamente con la madre.
Cuando pienso en el deseo de nada, tal vez sea la manera de dar testimonio del sufrimiento psíquico.
Decía la célebre psicoanalista francesa Francoise Dolto, que las palabras, para cobrar sentido, ante todo deben tomar cuerpo, ser al menos metabolizadas en una imagen del cuerpo relacional; entonces, como dice Marcelo Hekier en su libro “Anorexia y Bulimia”,  los pacientes con anorexia y bulimia evitan metabolizar no sólo los alimentos sino las palabras.
En su revisación médica lo único destacable es una induración que tenía en el cuello, un gusto amargo y hacía notar dolores de garganta a repetición. Presentaba las manos y pies fríos, a menudo sufría prurito en las piernas acompañado de un cuadro de ansiedad e inquietud.  Sus menstruaciones eran dolorosas y manifestaba durante las mismas, sensaciones del tipo de cólicos intestinales.
Entre sus deseos alimenticios frecuentes aparecían los dulces, las frutas y los vegetales.
Un sueño repetitivo que la acompañó toda la vida es “que perdía el tren.”
El caso era todo un desafío ya que había sigo tratada por varios colegas, con una infinidad de remedios homeópaticos y sin éxito alguno. Decidí prescribirle un remedio que se llama Vanadium, a la 30 CH.
Florencia volvió a la consulta luego de seis meses de tratamiento con el mismo remedio y la  misma dosis. Se había producido un cambio muy interesante en su vida ya que pudo poner en marcha un tema pendiente que era el de terminar su carrera universitaria, se puso de novia con proyectos de pareja para vivir juntos a corto plazo y nunca más registró un episodio de anorexia ni de bulimia. Cuando le pregunté acerca de su adicción a las drogas, ya ni recordaba que en algún momento de su vida había consumido.
Recuerdo la angustia que le producía a Florencia cuando me contaba que luego de su mejoría, sus padres decidieron divorciarse.  De sus dichos se desprendía la reflexión de que era una pareja agotada por excesivas peleas y la violencia que su padre ejercía sobre su madre.
Esta es una historia en donde, nuevamente,  aparece un hijo operando la conflictiva irresuelta de la pareja de los padres y donde el tratamiento homeopático vuelve a poner un orden en la energía familiar desequilibrada.
Cuando uno trabaja con enfermos mayores de edad,  a veces no es posible citar a los padres ya que por sus propias dificultades no pueden prestar colaboración, sin embargo el tratamiento produce un reordenamiento en la historia familiar.
Lo interesante de esta historia es mostrar cómo en un sistema familiar aparece el enfermo como el más vulnerable del sistema y como denunciante, a través de su enfermedad, de una problemática familiar.
De lo dicho hasta ahora podrá rescatarse esta idea de ese lugar ausente que ocupan estos pacientes, y que la homeopatía, con la comprensión Hahnemanniana del tema, lo que busca es mediante la ley de semejantes, enfrentar este espacio vacío del paciente, para transformarlo en un lugar sentido y con sentido, y creo que lo que más necesitan, es ese lugar con-sentido de ser concebido como un todo. Hasta la próxima.

 

Dr. Sergio M. Rozenholc