Las Huellas de la Memoria

 

Esta es una de las historias clínicas que en mi carrera profesional me produjo más conmoción y claridad respecto de mi pensamiento médico, ya que me permitió entender a qué llamamos herencia y cómo intervienen en la misma, los actos de la responsabilidad de un individuo a lo largo de las generaciones familiares venideras.
Vamos directamente a la historia que comienza cuando Juanita, una joven y dinámica abogada recién recibida, de 26 años de edad, me consulta para fines de 1992 por diarreas y vómitos a repetición, y una posible bulimia con una evolución de 8 años, la que con intermitencias, mejoras y agravaciones muy importantes,  la llevaban hasta la internación hospitalaria. 
Se presentaba como una joven muy bien educada, de modales muy finos, que había cursado todos sus estudios en muy buenos colegios privados.
Era la menor de dos hermanos, tenía una excelente relación familiar y a pesar de que mostraba una personalidad muy extrovertida se declaraba tímida, vergonzosa, tenía miedo a estar sola y contaba que tenía una fuerte sensación de abandono que la acompañaba desde su tierna infancia.
No presentaba antecedentes quirúrgicos y solo se registraba en su infancia las enfermedades comunes como paperas y varicela. Tampoco presentaba deseos alimenticios marcados, salvo su compulsión a comer melón.
Cuando le pregunto sobre su historia familiar, me relata que su infancia había sido en un ambiente muy cordial; destaca que su familia le había ofrecido, sobre todo su madre, una protección especial por ser la menor y única mujer.
Cuando me habló de su padre me dijo que era militar y había  muerto. A mí se me ocurrió preguntarle si ese apellido que me había dado era el de soltera y me contestó que no y me brindó el apellido familiar, cosa que al escucharlo me produjo cierto escozor por recordar que su padre pertenecía a la  última dictadura militar. Fueron segundos en los que se me cruzaron varias cosas por mi memoria, pero no me impidió este antecedente atenderla ni juzgarla, ya que ella no tenía nada que ver con esa historia. Para su diagnóstico tomé 3 síntomas muy claros, el primero era la diarrea durante la menstruación, el segundo su deseo de melón y el tercero era la sensación de abandono.
Una vez que recabé toda su  historia, la mediqué con White Hellebore 200 y le pedí que volviera a los 30 días.
La evolución en la revisita al mes había sigo muy buena puesto que solo había vomitado 2 veces y estaba de mucho mejor humor. Le pedí que volviera a los 3 meses.
Es ahí donde se produce un hecho para mí significativo. A su regreso, tres meses más tarde, la paciente relata que no vomita más pero que no puede parar de soñar durante la noche que ve gente muerta en el agua, y que la angustia mucho.  
Este no es un sueño que pertenece a la patogenesia del medicamento sino que tiene que ver con los silencios familiares con la que fue criada esta joven y con la actividad y que desempeñó su padre durante la última dictadura militar. 
Dice el cantautor argentino León Gieco todo está guardado en la memoria refugio de la vida y de la historia, y en otro párrafo dice que la memoria pincha hasta sangrar, a los pueblos que la amarran y no la dejan andar libre como el viento. Por lo que es muy factible que los actos aberrantes silenciados se incorporen en el acervo genético de las generaciones venideras, como elementos latentes y se activen a la primera crisis que sufra un individuo.
Debo confesar que a esta paciente no la volví a ver, pero recuerdo que en  la última consulta en que ya no vomitaba hace meses, sus palabras eran ayúdeme doctor a no tener más estos sueños.

La vida y los sueños son materiales intercambiables donde hay una vida responsable, le da lugar a una nueva generación como dice el cantautor León Gieco: “libre como el viento”.

 

 

Dr. Sergio M. Rozenholc