De la tolerancia, una de las cualidades fundantes
de la vida democrática

El bárbaro asesinato de Gandino Jesús dos Santos, el indio pataxó que, al despertar por el dolor inefable de su cuerpo en llamas, sabía que irremediablemente estaba muriendo, nos plantea una vez más la cuestión de la tolerancia.
De la tolerancia, de la educación, de la democracia, pero no de la tolerancia o indulgencia que A tiene o experimenta en relación con B. En este sentido, la tolerancia implica un cierto favor que el tolerante le hace al tolerado. El tolerante, en última instancia, es una persona dispuesta, bondadosa o benévolamente, a perdonar la “inferioridad” del otro.
En esta comprensión alienada y alienante de la tolerancia, como favor del tolerante al tolerado, se halla escondida la desconfianza en el tolerante, cuando no la certidumbre de su superioridad de clase, de raza, de género y de saber frente al tolerado. Éste, por su parte - espera el que tolera-, debe humildemente revelar su gratitud hacia la bondad del tolerante.
No es de esta tolerancia ni de este tolerante ni tampoco de este tolerado que hablo. Hablo de la tolerancia como virtud de convivencia humana. Hablo, por eso mismo, de la cualidad básica que debe de ser forjada por nosotros y aprendida por la asunción de su significado ético: la cualidad de convivir con el diferente. Con el diferente, no con el inferior.
La tolerancia verdadera no es condescendencia ni favor que el tolerante le hace al tolerado. Más aún, en la verdadera tolerancia no hay propiamente el o la que tolera y el o la que es tolerado(a). Ambos se toleran.
Por eso mismo, en la tolerancia virtuosa no hay lugar para disertaciones ideológicas, explícitas u ocultas, de individuos que, creyéndose superiores a los otros, le dejan claro o insinúan el favor que les hacen al tolerarlos.
Nadie es verdaderamente tolerante si se admite el derecho de decir del otro o de la otra: lo máximo que puedo es tolerarlo o aguantarlo. La tolerancia genuina, por otro lado, no exige de mí que concuerde con aquel o con aquella a quien tolero o tampoco me pide que la estime o lo estime. Lo que la tolerancia auténtica demanda de mí es que respete al que es diferente, sus sueños, sus ideas, sus opciones, sus gustos, que no lo niegue sólo porque es diferente. Lo que la tolerancia legítima termina por enseñarme es que, por medio de su experiencia, aprendo con el diferente.
Algo que me parece fundamental y hasta previo a cualquier indagación en torno a la tolerancia es que ésta constituye una instancia de la existencia humana.
Solamente entre mujeres y hombres, seres finitos y conscientes de su finitud, seres que, por naturaleza, son sustantivamente iguales, se puede hablar de tolerancia o de intolerancia. No es posible conjeturar un torno a la primera entre tigres o entre árboles de mangos y jacas.
En este sentido, la tolerancia es una virtud que debe ser creada y cultivada por nosotros, mientras que la intolerancia es una distorsión viciosa. Nadie es virtuosamente intolerante, así como nadie es viciosamente tolerante.

 

Paulo Freire